Esta es una traducción de la página original en inglés.

Educación a distancia: en juego la libertad y privacidad de mis hijos


A principios de marzo de 2020 comenzaron a oírse las primeras noticias preocupantes sobre el Covid-19 en España. En cuestión de días se prohibieron todos los eventos públicos, conferencias[1] y reuniones. Incluso se cancelaron las Fallas[2], una fiesta tradicional que se celebra todos los años por esas fechas.

Después llegó el confinamiento de los ciudadanos en sus casas y la suspensión por tiempo indefinido de todo tipo de actividad educativa presencial. Había que pasar a la educación a distancia, pero ¿estaban las escuelas, facultades y universidades preparadas para eso? No, no lo estaban. Necesitaban plataformas de vídeoconferencia, sistemas de comunicación y servidores que no siempre tenían. Y así es como comienza el problema.

Las instituciones educativas comenzaron a elegir las herramientas que necesitaban de forma unilateral e independiente. Cada profesor, escuela o universidad escogía sobre la marcha un programa o plataforma diferente basándose únicamente en la practicidad y popularidad del software. Dejaban de lado factores mucho más importantes, tales como su propia libertad y privacidad o la de los alumnos. Alumnos y padres no tenían ni voz ni voto, era una actitud de «o lo tomas o lo dejas».

¿Por qué se condenaba a cientos de alumnos a padecer la injusticia de ese software? ¿Por qué motivo tendrían que ser los datos (voz, imágenes, manuscritos) propiedad de una compañía? El precio de los sistemas privativos es nuestra libertad. Es la voz y la imagen de nuestros hijos: todo queda registrado en servidores de terceros para su posterior análisis y explotación. Un precio que no nos podemos permitir.

La situación era inaceptable. Había llegado el momento de decir NO.

Las escuelas de mis hijos

Marta (10 años) y Javi (12 años) cursan la educación obligatoria en escuelas públicas de San Antonio de Benagéber, Valencia. Tienen además actividades extracurriculares en tres instituciones privadas. Marta asiste a un curso básico de clarinete en la Asociación Musical sin fines de lucro del pueblo (a la que proporciono alojamiento para su página web y correo electrónico). Javi toma lecciones de trompeta en el Conservatorio Profesional de Música, preparándose para el examen de ingreso a esa institución, donde continuará con sus estudios de música a nivel superior.

Mi lucha

Por mis principios éticos, no puedo permitir que mis hijos usen software que no es libre. Estaba decidido a luchar, ¿pero cómo? Estaba solo en esto, y seguía confinado en casa. Me di cuenta de que podía ayudar a la gente a afrontar la emergencia ofreciendo soluciones que se podían encontrar fácilmente en mi área de trabajo: software libre que podían usar para sus necesidades específicas.

Pero también me di cuenta de que la tarea no era sencilla. Era necesario empezar con pequeños pasos, con objetivos realistas. Pensé que probablemente las escuelas privadas estarían más dispuestas a escucharme, porque allí no solo era un padre, sino además un cliente. Y en la Sociedad Musical de Marta era también quien les proporcionaba el servidor, por lo que seguramente confiarían en mi opinión acerca de cuestiones que tienen que ver con la informática.

«Un recorrido de miles de kilómetros consta de infinidad de pasos. Cada vez que alguien no instala un programa privativo o decide no ejecutarlo ese día, está dando un paso hacia su propia libertad.»  (Richard Stallman, Decir no a la informática injusta aunque sea una sola vez es siempre de ayuda).

El primer paso

Cuando un profesor de la escuela de música de Marta me llamó para invitarme a abrir una cuenta en Skype para las lecciones de mi hija, le dije: «¿Has leído los términos y condiciones de ese servicio? Skype es un software muy conocido, pero eso no significa que sea la mejor opción. ¿Has oído hablar de Jitsi? Puedo ayudarte. Te enviaré ahora mismo toda la información y una explicación de cómo se usa para que lo pruebes. Además, es software libre, no intercepta las comunicaciones y no recoge ni almacena datos». Muy entusiasmado, me respondió: «Gracias, de verdad agradezco mucho tu consejo».

Le envié inmediatamente por correo electrónico toda la información necesaria e instrucciones detalladas que podría necesitar en caso de que decidiera probarlo. Dos días después recibí un correo desde la dirección de la escuela para darme las gracias y comunicarme que todos los profesores y alumnos habían acordado usar Jitsi.

Me quedé maravillado. Con una actitud positiva y mostrando mi disposición a ayudar había logrado que el profesor comprendiera y escuchara mis consejos.

Captura de pantalla que muestra a Marta y a su profesor durante una lección
de clarinete en Jitsi.

Marta toma una lección de clarinete en Jitsi.

El segundo paso

En la Academia de Inglés los resultados no fueron tan inmediatos.

Cuando decidieron dar sus clases en línea, me sorpendieron con una llamada telefónica para decirme que tenía que abrir una cuenta en Skype para la primera lección a distancia de mis hijos, que sería al día siguiente. No había tiempo. No había opción. O aceptaba, o los niños perderían las clases. Acepté. Por el momento.

Ese mismo día me embarqué en lo que sospechaba sería una batalla interminable. Para defender mi posición, les envié un correo informativo y bien argumentado. Les recordé que Skype es propiedad de Microsoft, una compañía que desarrolla software que niega la libertad a los usuarios, y les hablé del software libre. Mencioné las cláusulas abusivas de los términos del servicio, una de las cuales dice que Microsoft registra y analiza las conversaciones, y puede entregar esos datos a otras compañías. Les sugerí reemplazar Skype por Jitsi y les ofrecí ayuda. Incluso les dije que mis hijos dejarían la escuela a menos que lo sustituyeran por una plataforma libre.

No me respondieron. Estaban forzando a cientos de alumnos, con sus profesores y padres, a abrir una cuenta en Microsoft para poder utilizar un software que se aprovecha de ellos. No se daban cuenta de la gravedad del asunto, encandilados como estaban por un enorme despliegue de información engañosa acerca de un software que consideraban «muy conocido» y, por lo tanto, «bueno».

Le reenvié el mensaje a la directora de la escuela, y esta vez con copia para las profesoras. Esperé. Los llamé y hablé mucho con ellos. Una vez más, dejé en claro que retiraría a los niños de la escuela a menos que cambiaran ese software.

Al final entendieron mi posición, tomaron conciencia de los peligros de Skype y decidieron usar Jitsi.

El tercer paso

Mientras tanto, después de dos semanas de confinamiento, Javi estaba tomando sus lecciones de trompeta con Skype. En la siguiente lección me senté al lado de mi hijo y hablé con el profesor. Comencé por darle las gracias por su trabajo, pues Javi estaba progresando a pesar de la difícil situación. Luego mencioné mi preocupación por el tema de la privacidad y otros problemas que presentan estos programas que no son libres. Le dije más o menos las mismas cosas que les había dicho a los otros profesores. Se sorprendió y exclamó: «¡No sabía nada de esto! ¿Hay algún otro programa que podamos usar?». De modo que lo invité a usar mi servidor de Jitsi para evitar interrupciones y garantizar la buena calidad del sonido.

Desde entonces, Javi toma sus clases de trompeta en Jitsi. El profesor luego me preguntó si sería posible usar el mismo servidor con todos sus alumnos de trompeta y dije que sí, por supuesto. Ese servidor está a disposición de todo aquel que pueda necesitarlo.

Captura de pantalla que muestra a Javi y a su profesor durante una lección
de trompeta en Jitsi.

Javi toma una lección de trompeta en Jitsi.

Siguiendo hacia adelante

Logré crear conciencia sobre la libertad y la privacidad, y logré extender el uso del software libre en mi comunidad: más de doscientas personas están ya usando Jitsi. Pero quiero hacer más, quiero ir más allá. Uno de mis deseos es llegar a las escuelas públicas de la zona, sabiendo de antemano que eso representa un considerable desafío.

Seguiré luchando contra el software privativo, especialmente en las escuelas, utilizando todos los medios a mi alcance: mis servidores, en los que he instalado plataformas libres de alta calidad para que todo el mundo las use, tales como Etherpad, BigBlueButton y el servidor de Jitsi que ya mencioné. Ahora mismo las está usando mucha gente, así que pronto voy a actualizar el hardware para que puedan sostener más conexiones simultáneas sin pérdida de calidad.

Y, lo que es aún más importante en esta lucha, cuento con el conocimiento que he adquirido acerca de los fundamentos filosóficos del Movimiento del Software Libre y del papel cada vez más significativo que juega el software en nuestra vida cotidiana.

Agradecimientos

Gracias a mi mentor, Richard Stallman, cuyo apoyo y estímulo me ayudaron a ver que mis esfuerzos valían la pena. Le agradezco su insistencia en que compartiera mi experiencia con la Free Software Foundation, y agradezco a la FSF la mención de mi trabajo entre otros incluidos en un artículo acerca de la libertad y la privacidad en la educación a distancia. Gracias a Dora Scilipoti del equipo de educación de GNU por sus valiosos consejos y su ayuda en la redacción de este texto.


Notas del autor

  1. Con la ayuda del Grupo de Usuarios de GNU-Linux de Valencia, había organizado una serie de charlas de Richard Stallman en varios lugares de España del 22 al 26 de marzo. Tuvimos que suspenderlas todas.
  2. Más información acerca de las Fallas y las pocas ocasiones en la historia en que se suspendió esta antigua fiesta.

Nota al pie

[*] Javier Sepúlveda es Ingeniero en Diseño Industrial y en Ciencias de la Computación. Es el fundador y director ejecutivo de VALENCIATECH, una empresa de gestión de servidores que utiliza y ofrece exclusivamente software libre. Es un conferenciante de GNU y promotor del software libre.


Las fotos son cortesía de Javier Sepúlveda y están bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

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