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Esta es una traducción de la página original en inglés.

El financiamento del arte frente al financiamento del software

por Richard Stallman

He propuesto dos nuevos sistemas para financiar a los artistas en un mundo en el que hayamos legalizado la práctica de compartir obras publicadas (redistribución sin fines comerciales de copias exactas). Uno consiste en que el Estado recaude impuestos para ello y que divida el dinero entre los artistas según la raíz cúbica de la popularidad de cada uno (medida mediante encuestas a muestras de la población). El otro, en que cada dispositivo reproductor tenga un botón de «donar» que envíe anónimamente una pequeña suma (por ejemplo 50 centavos en EE.UU.) al autor de la última obra reproducida. Estos fondos irían a los artistas, no a sus editores.

La gente a menudo se pregunta por qué no propongo estos métodos para el software libre. Hay una razón para ello: es difícil adaptarlos para obras que son libres.

Desde mi punto de vista, las obras diseñadas para realizar tareas prácticas deben ser libres. Quienes utilizan tales obras merecen tener el control de sus tareas, para lo cual es necesario que tengan el control de las obras que utilizan a fin de realizarlas, y para ello es a su vez fundamental que disfruten de las cuatro libertades (ver http://www.gnu.org/philosophy/free-sw.html). Entre las obras para realizar tareas prácticas se incluyen los recursos educativos, las obras de referencia, las recetas, los tipos de letra y, por supuesto, el software. Estas obras deben ser libres.

Este argumento no es válido ni para las obras de opinión (como este artículo) ni para el arte, ya que este tipo de obras no han sido diseñadas para que se las use para realizar tareas prácticas. Por lo tanto, no creo que tales obras deban ser libres. Debemos lograr que sea legal compartirlas y utilizar fragmentos para hacer obras totalmente nuevas, pero esto no incluye publicar versiones modificadas de las mismas. Esto significa que podremos identificar a los autores de estas obras. Cada obra publicada puede señalar quiénes son sus autores, y alterar dicha información puede ser ilegal.

Es ese el punto crucial que permite que los sistemas de financiación que propongo funcionen. Implica que cuando usted escucha una canción y pulsa el botón de «donar», el sistema puede individuar con certeza a quién enviar la donación. Del mismo modo, si participa en la encuesta que calcula la popularidad, el sistema sabrá a quién asignarle un poco más de popularidad por el hecho de que usted escuchó aquella canción o hizo una copia de ella.

Cuando son más de uno los artistas que componen una canción (por ejemplo, varios músicos y un letrista), no se trata de algo casual. Saben que están trabajando juntos y pueden decidir de antemano cómo repartir la popularidad que conseguirá esa canción en el futuro o pueden aplicar las reglas predefinidas para ese reparto. Este caso no crea ningún problema para las dos propuestas de financiación porque nadie más modificará la obra una vez realizada.

Sin embargo, en el campo de las obras libres, una obra grande puede tener cientos, incluso miles de autores. Puede haber varias versiones con diferentes grupos de autores que se van sumando. Lo que es más, las contribuciones de esos autores diferirán tanto en tipo como en magnitud. Esto hace imposible establecer un modo correcto de repartir la popularidad de la obra entre los colaboradores; es mucho más que una tarea laboriosa y compleja. El problema plantea cuestiones filosóficas que no tienen respuestas adecuadas.

Consideremos, por ejemplo, el programa libre GNU Emacs. Nuestros registros de contribuciones al código de GNU Emacs están incompletos para el periodo en que aún no utilizábamos un sistema de control de versiones, de ese periodo solo disponemos del histórico de cambios (changelogs). Pero supongamos que tuviéramos todas las versiones y pudiéramos determinar con precisión cuáles fueron las contribuciones al código de cada uno de los cientos de colaboradores. Aun así seguiríamos atascados.

Si quisiéramos reconocer el trabajo de cada uno en proporción a las líneas de código que aportó (¿o debería ser según los caracteres?), entonces estaría claro, una vez que decidiéramos qué hacer con una línea que escribió A y luego cambió B. Pero de ese modo se da por hecho que cada línea de código es tan importante como cualquier otra. No me cabe duda de que eso es un error, pues algunas líneas de código realizan tareas más importantes y otras menos; hay códigos que son muy difíciles de escribir y otros más sencillos. Pero no veo la manera de cuantificar esas diferencias, y los desarrolladores podrían discutir sobre ello eternamente. Es posible que yo merezca algún reconocimiento adicional por haber escrito el programa inicial, y que algunos otros merezcan un reconocimiento adicional por haber comenzado a escribir ciertos añadidos que luego fueron importantes, pero no veo una forma objetiva de cuantificarlo. Me es imposible proponer una regla plausible para repartir el reconocimiento por la popularidad de un programa como GNU Emacs.

En cuanto a pedir a todos los colaboradores que lleguen a un acuerdo, ni siquiera podemos intentarlo. Ha habido cientos de colaboradores y a día de hoy no podríamos localizarlos a todos. Contribuyeron a lo largo de 26 años y en todo ese tiempo nunca decidieron trabajar juntos.

Es posible que ni siquiera conozcamos el nombre de todos los autores. Si una empresa donaba parte del código, no había necesidad de preguntar quiénes lo habían escrito.

¿Qué ocurre entonces con las bifurcaciones o las variantes modificadas de GNU Emacs? Cada una representa un caso nuevo, igualmente complejo pero diferente. ¿Cuánto reconocimiento por esa variante les corresponde a los que trabajaron en ella y cuánto a los autores originales del código que tomaron de otras versiones de GNU Emacs, de otros programas, etc.?

La conclusión es que no hay manera de que podamos alcanzar un reparto del reconocimiento por GNU Emacs que no sea arbitrario. Pero Emacs no es un caso especial, es un ejemplo corriente. El mismo problema se presentaría con muchos importantes programas libres y otras obras libres, como las páginas de la Wikipedia.

Estos problemas son la razón por la que no propongo usar esos sistemas de financiación en campos como el software, las enciclopedias o la educación, donde todas las obras deben ser libres.

En esas áreas lo que tiene sentido es pedir a la gente que done dinero a los proyectos destinados a realizar la obra que proponen. Ese sistema es muy simple.

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