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Esta es una traducción de la página original en inglés.

Patentes de software y patentes literarias

por Richard Stallman

La primera versión de este artículo se publicó en el periódico The Guardian de Londres el 23 de junio de 2005, con motivo de la directiva sobre patentes de software propuesta por la Comisión Europea.

Cuando los políticos se plantean la cuestión de las patentes de software, lo habitual es que voten a ciegas; al no ser programadores, no comprenden las consecuencias reales de las patentes de software. A menudo piensan que las patentes son similares a las leyes de copyright («salvo en algunos detalles»), y no es así. Cuando, por ejemplo, pregunté públicamente a Patrick Devedjian, el ministro francés de Industria, cuál sería el voto de Francia en el asunto de las patentes de software, Devedjian respondió con una apasionada defensa de la ley de copyright, elogiando a Víctor Hugo por el papel que jugó en la adopción del copyright. (La engañosa expresión «propiedad intelectual» da lugar a esta confusión: es una de las razones por la que nunca hay que emplearla).

Quienes imaginan unos efectos similares a las de las leyes de copyright no alcanzan a comprender las desastrosas consecuencias de las patentes de software. Podemos tomar a Víctor Hugo como ejemplo para ilustrar la diferencia.

Una novela y un complejo programa moderno tienen algunos puntos en común: ambos son obras extensas y son el resultado de la combinación de multitud de ideas. Continuemos con la analogía y supongamos que a las novelas del s. XIX se les hubiera aplicado una ley de patentes. Supongamos que países como Francia hubieran autorizado las patentes de ideas literarias. ¿Cómo habría afectado esto a la labor de Víctor Hugo como escritor? ¿Cuáles serían los efectos de las patentes literarias en comparación con el copyright literario?

Tomemos la novela de Víctor Hugo Los Miserables. Desde el momento en que la escribió, el copyright le pertenecía solo a él. No tenía motivo para temer que algún extraño lo demandara por infracción del copyright y ganara. Eso era imposible, pues el copyright se aplica en exclusiva al contenido textual de una obra original, no a las ideas representadas en ella, y sólo restringe la copia. Víctor Hugo no copió Los miserables, por lo que el copyright no representaba para él ninguna amenaza.

Pero las patentes funcionan de otra manera. Las patentes se aplican a ideas. Una patente es un monopolio para llevar a la práctica alguna idea que se describe en la patente misma. Este es un ejemplo de una hipotética patente literaria:

Si esta patente hubiera existido en 1862, cuando se publicó Los miserables, la novela habría entrado en conflicto con estas tres reivindicaciones, pues las tres cosas le suceden a Jean Valjean en la novela. Se podría haber demandado a Víctor Hugo y, en tal caso, él habría perdido. El propietario de la patente podría haber prohibido (censurado) la novela.

Consideremos ahora esta hipotética patente literaria:

Los miserables también habría sido prohibida en virtud de esta patente, pues esa descripción también se ajusta a la historia de la vida de Jean Valjean. Y esta es otra patente hipotética:

Jean Valjean habría sido prohibido también en virtud de esta patente.

Esas tres patentes cubrirían, y prohibirían, la historia de la vida de ese personaje. Las tres se solapan, pero no son idénticas, de modo que podrían ser válidas simultáneamente: los tres propietarios de las patentes podrían haber demandado a Víctor Hugo. Cualquiera de ellos podría haber prohibido la publicación de Los miserables.

También se habría vulnerado esta patente:

debido al nombre «Jean Valjean», pero al menos esta se habría podido eludir fácilmente.

Podría pensarse que estas ideas son tan simples que ninguna oficina de patentes las habría admitido. Sin embargo, a los programadores a menudo nos sorprende la simplicidad de las ideas a las que se aplican patentes de software reales. Por ejemplo, la Oficina Europea de Patentes ha emitido una patente que cubre la barra de progreso y otra sobre la aceptación de pagos mediante tarjeta de crédito. Estas patentes serían para tomar a risa si no fueran tan peligrosas.

También otros aspectos de Los miserables podrían haber entrado en conflicto con las patentes. Por ejemplo, podría haber existido una patente sobre la representación novelesca de la batalla de Waterloo, u otra sobre el uso del argot parisino en la ficción. Dos pleitos más. De hecho, el número de patentes diferentes en las que podría haberse apoyado una demanda contra el autor de una obra como Los miserables no tiene límite. Los propietarios de esas patentes alegarían merecer una recompensa por el progreso literario que sus ideas patentadas representan, aunque lo cierto es que en lugar de promover el progreso de la literatura, estos obstáculos estarían impidiéndolo.

No obstante, una patente mucho más amplia haría que las anteriores se volvieran irrelevantes. Imaginemos patentes con reivindicaciones más amplias, como las siguientes:

¿Quiénes habrían sido los propietarios de estas patentes? Podría haberse tratado de otros novelistas, quizá Dumas o Balzac, que hubieran escrito tales novelas, pero no necesariamente. Escribir un programa no es un requisito para patentar una idea de software, de modo que si nuestras hipotéticas patentes literarias tuvieran encaje en el sistema real de patentes, los propietarios de tales patentes no necesitarían haber escrito novelas, ni historias ni nada, salvo solicitudes de patente. Las compañías parasitarias del sistema de patentes son hoy en día un floreciente negocio que no produce nada más que amenazas y pleitos.

De haber existido en aquella época patentes tan amplias como estas, Víctor Hugo no habría llegado a plantearse qué patentes podría violar al caracterizar el personaje de Jean Valjean, pues ni siquiera habría considerado la posibilidad de escribir una novela de ese tipo.

Esta analogía puede ayudar a quienes no son programadores a comprender las consecuencias de las patentes de software. Estas patentes se aplican a operaciones tales como la especificación de abreviaturas en un procesador de textos o la organización de los datos en una hoja de cálculo. Las patentes cubren algoritmos necesarios para los programas. Las patentes cubren aspectos de los formatos de archivos, como el formato OOXML de Microsoft. El formato de vídeo MPEG 2 está cubierto en EE. UU. por treinta y nueve patentes diferentes.

Al igual que una novela podría entrar en conflicto con muchas patentes literarias diferentes a la vez, un programa puede ser prohibido por la multitud de patentes diferentes que se aplican a una misma característica. La tarea de identificar todas las patentes que podrían aplicarse a un programa extenso es tan ingente que no se ha hecho más que un solo estudio de este tipo. Es un estudio de 2004 acerca de Linux, el núcleo del sistema operativo GNU/Linux, y se encontraron 283 patentes estadounidenses con las que parecía entrar en conflicto. Esto significa que cada una de esas 283 patentes prohíbe algún proceso computacional que se encuentra entre las miles de páginas del código fuente de Linux. En esa época, Linux constituía alrededor del 1% de la totalidad del sistema GNU/Linux. ¿Cuántas patentes podrían utilizarse para demandar a un distribuidor del sistema completo?

La manera de evitar que las patentes de software malogren el desarrollo del software es simple: no autorizarlas. Esto debería ser sencillo, pues la mayoría de las leyes de patentes contienen disposiciones que excluyen las patentes de software. Normalmente dicen que el «software per se» no puede ser patentado. Pero oficinas de patentes de todo el mundo están tratando de forzar las palabras para aprobar patentes sobre las ideas implementadas en los programas. A menos que se ponga coto a esto, la consecuencia será que todos los desarrolladores de software estarán en peligro.


Este ensayo está publicado en el libro Software libre para una sociedad libre: Selección de ensayos de Richard M. Stallman.

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